La ciudad de Santiago de los Caballeros, en el corazón de la región del Cibao, fue el escenario donde se desarrolló uno de los combates decisivos para consolidar la Independencia Nacional.
Gran batalla llamó Federico Henríquez y Carvajal a la sostenida en Santiago el 30 de Marzo de 1844. Allí, ese día, estaba planeando en todo su esplendor, como un ave de esperanza, el espíritu trinitario. Era el estímulo complementario del coraje y decisión de los combatientes dominicanos.
Ese acontecimiento de nuestras glorias patrióticas fortaleció la voluntad permanente de la mayoría de los dominicanos de no aceptar jamás que fuerzas extranjeras pisoteen su tierra y cercenen su Libertad.
Apenas había transcurrido un mes del nacimiento de la República Dominicana cuando miles de soldados invasores haitianos (10 mil o más) encabezados por el terrible general Jean-Louis Pierrot se lanzaron contra la ciudad de Santiago de los Caballeros, entonces y ahora el centro poblacional más importante de la zona donde está ubicada.
Los registros históricos contienen la información de que el sol estaba radiante, en su cenit, cuando arreciaron los combates, luego de que poco antes aparecieron por la sabana del lado oeste de Santiago de los Caballeros, miles de invasores que pretendían destruir las defensas dominicanas representadas en los Fuertes llamados Dios, Patria y Libertad. Su objetivo era tomar la ciudad, aniquilar a sus habitantes y seguir ruta hacia la capital de la República.
Sobre las bajas dominicanas en la Batalla del 30 de marzo de 1844 tal vez nunca tengamos noticias verídicas, mas que ver como una farsa algunos comentarios, como los de los historiadores García (padre e hijo) y lo dicho por el propio héroe de ella José María Imbert, la cifra de los muertos y heridos, que los hubo, defendiendo la soberanía lograda un mes antes, queda como parte reservada de la verdad estratégica, tan común en todas las guerras.
En nuestra época una miríada de expertos han emitido juicios retóricos unos y explicativos otros sobre esa visión de la verdad de guerra. Por solo citar un caso de lo anterior cabe mencionar la obra denominada Bailen la batalla que cambió el rumbo a Napoleón, publicada en el 2005 por José Antonio Alcaide Yebra sobre la batalla que tuvieron franceses y españoles el 19 de julio de 1808 en tierra de Jaén, Andalucía.
Para marzo del año1844 muchos hechos aciagos habían creado entre los moradores de la ciudad de Santiago de los Caballeros una suerte de pesimismo, sin que ello les quitara su espíritu de combate y su capacidad de resiliencia, cuando esa última palabra no existía en los diccionarios pero sí la sustancia de su significado en la actitud de las personas.
El primer Santiago de América ha sido marcado por desgracias colectivas desde los primeros años de su fundación. Una de esas desdichas, que no, la primera, pues antes hubo varias, figura en un informe enviado a Madrid por el capitán general de Caracas, Manuel de Guevara Vasconcelos, tal y como así consta en los anales de la época colonial.
El historiador César Herrera Cabral vació el referido informe en su ensayo titulado Toussaint en Santiago de los Caballeros. De Guevara relata muchos episodios que se derivaron de esa indeseada presencia en esa ciudad dominicana, incluso se menciona un enfrentamiento de dicho individuo con el obispo francés Guillermo Moviell, recién llegado allí por órdenes de Napoleón Bonaparte.
Así arranca la referida nota informativa, redactada en marzo de 1802, conteniendo uno de los tantos hechos que han marcado a la población santiaguera: «Llegó en fin el deseado Mesías a la ciudad de Santiago de los Caballeros. Después de tres días de haber estado todo el mundo sobre las Armas para esperar al Señor Gobernador Toussaint se apareció éste el domingo seis de los corrientes a la una de la tarde en medio del estrépito de la Artillería, y acompañado de más de cien Oficiales, con una numerosa escolta de sus Dragones…»
Sobre la batalla librada en la ciudad de Santiago de los Caballeros el 30 de marzo de 1844, en la cual salieron victoriosos los patriotas dominicanos y derrotados los invasores haitianos, se han escrito ensayos, conferencias, relatos y capítulos de manuales de historia. Sería prolijo hacer un cotejo detallado de las diversas versiones vertidas desde entonces hasta ahora.
Escojo como muestra representativa de las diferentes opiniones sobre el tema la del historiador Alcides García Lluberes, quien en un ensayo titulado Dos Grandes Batallas se refiere a la del 30 de Marzo de 1844 como «el castigo condigno de los insolentes desafueros», puntualizando que «después de la Batalla del 30 de marzo los hombres de Haití quedaron completamente convencidos de que el pueblo dominicano estaba animado de nuevas e invencibles energías.
Dicho autor también escribió que «…el enemigo experimentó más de mil bajas y los dominicanos no sufrimos ninguna.» El atribuyó esa disparidad a que los dominicanos estaban mejor posicionados con los referidos tres Fuertes y con las colinas de la ciudad, mientras los invasores se movían básicamente en la tierra plana del área.
El general José María Imbert, que se convertiría en el principal héroe de la histórica batalla de Santiago, llegó allí el 27 de Marzo de 1844, procedente de la cercana localidad de Moca, donde vivía desde hacía varios años, dedicado básicamente a labores de comercio y agricultura, pero también ejerciendo funciones de aseguramiento militar.
Fue llamado a Santiago por su reconocido coraje, preparación militar y por sus previas expresiones a favor de la soberanía dominicana, como cuando proclamó en una plaza mocana el 5 de marzo de 1844 que: «Desde las aguas de Higüey hasta Las Matas de Farfán, y desde la península de Samaná hasta Dajabón, ha resonado el grito de Dios, Patria y Libertad…
Está demostrado, en todos los rincones de la tierra, que el azar tiene su lugar en la historia de los pueblos, así como en los sujetos. El destino, pues, jugó su papel en el caso del principal héroe de la Batalla del 30 de Marzo de 1844.
He aquí una prueba de lo anterior. Pedro Eugenio Curiel, combatiente de aquella acción bélica, en un documento redactado el 30 de septiembre de 1881, luego de describir pormenores de los días anteriores a ese encuentro armado entre dominicanos e invasores haitianos, señala que: «…por último se piensa en el general Imbert, jefe del movimiento de la Villa de Moca, y se resuelve mandar a buscarle; así fue…llega a Santiago en medio de vítores y aclamaciones. Se le entrega el mando de aquella plaza que él acepta sin dilación.
En un informe oficial, fechado el 5 de abril de 1844, en la ciudad de Santiago de los Caballeros, dirigido a la Junta Central Gubernativa (que era el gobierno de la República), el general José María Imbert, en su calidad de Jefe del Distrito y las operaciones de Santiago, al describir los hechos más notables de la Batalla del 30 de marzo de dicho año, haciendo referencia a la suerte de los invasores, señala que: «Por última vez se presentó en columnas cerradas, y nuestra artillería dejándola avanzar de frente, la pieza de la derecha tiró metralla sobre esta masa e hizo al centro un claro espantoso…»
En dicho testimonio el general Imbert también señaló que «el combate había principiado a las doce y siguió hasta las 5 de la tarde.» Añadió que hubo unos 600 soldados haitianos muertos, con una cifra mayor de heridos y que «el camino que siguen en su retirada no es sino un vasto cementerio.» Remataba su descripción haciendo partícipe en los hechos a la Superioridad Celestial al decir que los dominicanos contaron con «una protección manifiesta de la Divina Providencia. A ello atribuyó la siguiente sublimidad idílica: «…sin que nosotros hayamos tenido que sentir la muerte de un solo hombre, ni tampoco haber tenido un solo herido.
Por su lado el jefe de la artillería santiaguera, José María López, en unas breves notas fechadas el 24 de septiembre de 1881, expresó que el 30 de marzo de 1844 «ha sido el día que más amenazada ha estado esta población; y al mando del general Imbert tuvimos la gloria de rechazar a las tropas haitianas, que eran en fuerzas, cuadruplicadas a las nuestras.
Matías Ramón Mella, en su condición de Jefe Militar de Santiago, días antes del alevoso ataque de los haitianos, fue el organizador inicial de su defensa, comunicando directrices, impartiendo instrucciones militares y realizando designaciones en diferentes puntos estratégicos para enfrentar ataques de sorpresa. Hay pruebas de sobra sobre ello. Además de que hizo ingentes labores de reclutamiento de combatientes.
En esa última tarea estaba el día de la batalla. La confrontación bélica lo sorprendió en San José de las Matas, en las estribaciones de la Cordillera Central, en compañía del general Pedro de Mena y del capitán José Desiderio Valverde Pérez. Éste último luego fue general y presidente de la República, pero torció el rumbo y se convirtió en anexionista.
Al cumplirse 47 años de la Independencia Nacional Federico Henríquez y Carvajal escribió un ensayo biográfico sobre Mella, en el cual sostuvo lo siguiente sobre la Batalla del 30 de Marzo de 1844: «A no ser por su celosa solicitud de elementos para la lucha, suyos habrían sido los inmarcesibles laureles del triunfo que obtuvo para sus sienes otro invicto héroe en la gran batalla del 30 de Marzo.
En su obra Personajes Dominicanos Roberto Cassá resalta el papel de Mella en esa icónica batalla al señalar que: «…Las previsiones tomadas por Mella y la competente dirección de Imbert dieron por resultado que el 30 de marzo se infligiese una derrota aplastante a los haitianos, quienes tuvieron cientos de muertos, mientras que, al parecer, pocos dominicanos perdieron la vida.
Fernando Valerio López bajó desde Sabana Iglesia y campos vecinos con unos 150 peones agrícolas, dedicados a la siembra y cultivo de tabaco. Esos hombres fueron los que atacaron por sorpresa a los haitianos, entre el Fuerte Libertad y el río Yaque el Norte, fondo de agua que les sirvió de sepultura a muchos de los invasores.
El filoso metal de los machetes, bajo el impulso heroico de esos labriegos, brilló como nunca. Su bizarra acción del 30 de Marzo de 1844 es lo que desde entonces se ha denominado la Carga de los Andulleros.
Con frecuencia se soslaya la importancia militar que tuvo esa unidad de combate compuesta por agricultores que abandonaron la azada para enfrentar al enemigo invasor. Muchos de ellos luego volvieron al anonimato rural, pero con la luz del triunfo resplandeciente en sus rostros, como quedan representados en imágenes permanentes aquellos nimbados de gloria.
Incluso en el informe oficial del general Imbert, por olvido momentáneo, o por lo que fuere, no mencionó a ese cuerpo armado integrado por hombres corajudos y manos encallecidas que descendieron de la sierra para defender la patria, dejando los surcos donde muchas veces habían hecho brotar una de las más conocidas plantas solanáceas, así como los ranchos donde elaboraban andullos.
Alejandro Llenas, un sabio médico, historiador, botánico, antropólogo, geógrafo, etc., santiaguero educado en Francia y nacido en Gurabo el mismo año que se libró la Batalla del 30 de Marzo de 1844, realizó un aporte extraordinario al divulgar los antecedentes que culminarían con los hechos ocurridos aquel glorioso día en su lar nativo. Indica, como otros también, que el primer ataque fue repelido por Fernando Valerio y sus andulleros entre el Fuerte de la Libertad y el río Yaque del Norte.
Para ello entrevistó décadas después de aquella fecha gloriosa a varios sobrevivientes de esa epopeya que sembró para siempre en la historia dominicana el nombre de la ciudad de Santiago de los Caballeros.
Arturo Logroño, con su estilo barroco, se refirió a Fernando Valerio en una nota publicada el 1928: «…Enardecido por bélica embriaguez, decidió quizás con su carga, famosa en nuestros fastos militares, al frente de los andulleros de Sabana Iglesia, la brega marcial del 30 de Marzo de 1844.
El munícipe y costumbrista santiaguero Arturo Bueno, en el tomo I de su libro Santiago Quien te vio y Quien te ve, hace inquietantes preguntas sobre la referida omisión que de los andulleros y Valerio hizo el general Imbert, y concluye indicando que: «el general Valerio no fue una figura central en todo el curso de los acontecimientos de ese día; pero sí lo fue en el momento decisivo como iniciador de «la carga al machete…
En la efervescencia bélica del 30 de Marzo de 1844 fueron muchos los que en Santiago se vistieron de gloria. Mencionarlos a todos es difícil, especialmente porque como siempre ocurre, con la intensidad de una constante, la mezquindad humana oculta nombres.
En la historia universal, pero particularmente entre nosotros, los conflictos de egos, los pujos de principalías y las desavenencias inter grupales han provocado muchos hiatos; algunos de esos agujeros se han ido corrigiendo pero otros han perdurado hasta el presente. Sin embargo, eso no impide que señale aquí los nombres de varios de los héroes de aquel hecho de raigambre patriótica.
El Jefe Superior del Ejército Dominicano en aquella jornada épica, fue el General José María Imbert, el cual tenía como lugarteniente al aguerrido coronel Pedro Pelletier, quien a su vez poseía de ayudante a Achilles Michel. Los tres nacieron en Francia, pero se entregaron con desbordante pasión y gran responsabilidad a la causa dominicana en los albores de su Independencia.
El jefe de la artillería y encargado del Fuerte Dios era el coronel José María López. Fernando Valerio López dirigió a los andulleros de Sabana Iglesia, una fuerza cívica que hizo proezas. El célebre Batallón La Flor, integrado por valientes jóvenes santiagueros, lo encabezaba el comandante Angel Reyes.
También están en la conocida, pero limitada lista de héroes de aquella jornada gloriosa, con diferentes rangos y desempeños, los hermanos Juan Luis y Ramón Franco Bidó, Lorenzo Mieses, Juana Saltitopa, José María Gómez, Toribio Ramírez, Francisco Antonio Salcedo, Marcos Trinidad, José Silva, Manuel María Frómeta y los comandantes identificados como Dr. Bergés, Hungría, Bidó y Tolentino.
Un personaje prácticamente ignorado, pero que tuvo una importante misión en el fragor de los combates, fue el músico popular conocido sólo por su apodo de Tiñaño.
Relatos recolectados por memoriosos de aquellos tiempos describieron que los redobles de su instrumento de percusión fueron la perdición de soldados haitianos que se acercaron al mencionado Fuerte Dios, atraídos por el sonido marcial que ejecutaba Tiñaño.
Las glosas históricas del intelectual Jean Price-Mars, sobre la Batalla del 30 de Marzo de 1844, son a mayor gloria de los héroes dominicanos de ese día.
Así se expresó el indicado médico e historiador haitiano: «El 30 de marzo, a la una de la tarde, las tropas haitianas se lanzaron al asalto. Duró la lucha más de cuatro horas sin que cayera la ciudad…Las pérdidas totales de su ejército, antes que pudiera atravesar el Massacre y llegar al Cabo Haitiano, son estimadas, entre muertos y heridos, alrededor de setecientos hombres. Sobre Pierrot y las negociaciones de su huida del territorio dominicano se hizo esta interrogante: «¿Era sincero Pierrot en sus negociaciones o quería salir simplemente de un mal paso?
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