Hoy compartimos con ustedes el editorial de El Nuevo Diario que dirige el periodista Persio Maldonado y que trata sobre la soberanía dominicana.
Este 30 de marzo se conmemoraron los 181 años de la segunda contienda militar independentista más importante de la República Dominicana. Pero ¿qué conmemoramos realmente? Una fecha para inflar discursos patrióticos, para vestir monumentos de flores marchitas y repetir las mismas palabras vacías. Porque mientras en los libros de historia seguimos aplaudiendo la valentía de aquellos que lucharon por la soberanía, en las calles de hoy la dignidad del pueblo es atropellada. Literalmente.
Ese enfrentamiento militar no fue solo eso (un enfrentamiento militar), fue la lucha de hombres y mujeres que, con una gallardía que hoy parecería ficción, decidieron defender la recién instaurada independencia. Apostaron la vida para dejar claro que este pedazo de isla era nuestro. Pero qué ironía: 181 años después, quienes intentan defender la soberanía con palabras y pancartas son tratados como enemigos, como si exigir respeto a nuestras fronteras fuera un acto criminal.
Hace unos años escribí un artículo sobre cómo los enemigos de la patria ya no vienen de tan lejos. No llegan con fusiles ni barcos de guerra. Viven entre nosotros, en oficinas con aire acondicionado y trajes bien planchados. Son los que prometen protegernos mientras bajan la cabeza ante la presión internacional. Y lo peor es que a esta generación le importa poco o nada. Porque el enemigo ya no tiene rostro extranjero, ahora se disfraza de indiferencia.
Este 30 de marzo, mientras se llenaban las redes de frases patrióticas recicladas y las autoridades posaban para fotos frente a monumentos, en Friusa, el pueblo intentaba ejercer ese mismo espíritu combativo. Pero no con cañones ni machetes. Con consignas. Con pancartas. Con una rabia acumulada de años viendo cómo la soberanía se manosea al antojo de quienes nos gobiernan.
Entre los manifestantes no solo había ciudadanos anónimos. Personalidades como Alofoke y otros rostros reconocidos también se dieron cita para alzar la voz. Pero la fama no los blindó. Fueron igual de atropellados con bombas lacrimógenas, como si la popularidad te eximiera del gas en los ojos o del nudo en la garganta. Porque aquí, cuando el pueblo molesta, no importa quién seas. El castigo es democrático.
Y para colmo, el vocero de la Policía Nacional tuvo el descaro de justificar la represión diciendo que la marcha no contaba con permiso. Como si pedir respeto por tu soberanía y tus derechos tuviera que pasar primero por una ventanilla burocrática. Como si la dignidad necesitara sellos y firmas para ser válida. La historia nos enseñó que la independencia se gana en las calles, no en una oficina gubernamental.
Hoy en Friusa, el pueblo fue atropellado. Y no solo por los vehículos que intentaron dispersar la protesta. Fue atropellado por la indiferencia gubernamental. Por la complicidad de aquellos que juraron proteger la patria, pero solo protegen sus cargos.
Decir que vivimos en un país soberano mientras el pueblo es silenciado es una broma de mal gusto. La soberanía no se mide por discursos altisonantes en las Naciones Unidas ni por acuerdos firmados con letra elegante. La soberanía se mide en las calles, en la voz del ciudadano que exige ser escuchado y respetado. Y cuando esa voz es acallada, la independencia se convierte en un mito.
Entonces, ¿qué conmemoramos este 30 de marzo? ¿La gloria de un pasado que no somos capaces de honrar? Porque si algo quedó claro aquel día en Santiago, es que la soberanía se defiende con coraje. Pero aquí estamos, 181 años después, con un gobierno que se esconde detrás de excusas diplomáticas y un pueblo que grita en vano.
La pregunta no es si volveremos a luchar. La pregunta es cuándo. Porque la historia nos ha enseñado que, cuando la dignidad es pisoteada, tarde o temprano, el pueblo vuelve a levantarse.
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